El cifrado como desafío intelectual

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Mi columna de esta semana en El Español se titula “Asimilando el cifrado“, y intenta de explicar de una forma razonable por qué el concepto de transcrito ha variado a lo largo de los tiempos hasta traernos a la circuntancia actual, en la que es necesario comprender que las comunicaciones secretas son ya una oportunidad al alcance de la mano de cualquiera, y que cuestiones como la operación de esas comunicaciones, por intuitivamente buena o aconsejable que nos pueda llegar a parecer en definidos casos, ya no tiene ningun sentido.

La evolución del transcrito es uno de esos temas que, dentro del ámbito tecnológico, me cuesta muchísimo explicar en condiciones. Para alguien que se dedica desde hace varios años a tratar de crear didáctica en temas tecnológicos (lo que implica comprender la tecnología a un nivel razonable sin embargo también tratar sostener la capacidad de explicarla en terminos que no intimiden), visualizar como el concepto de criptografía sigue, en la mentalidad de la totalidad de la sociedad, anclado en el concepto del cifrado clásico, de aquellos métodos en los que bastaba con tener una clave, un algoritmo o un artefacto para descifrar la comunicación, resulta suficiente desesperante. De hecho, esta columna nace de las dificultades para hacerme comprender que encontré en este otro capítulo reciente, en el que de forma persistente había individuos que afirmaban que “si un juez lo pide, hay que darle acceso”, cuando eso es algo, en la totalidad de los casos, ya totalmente imposible.

El desarrollo del estándar de transcrito público (DES) y de la criptografía asimétrica basada en pares de claves pública y privada, unidas al incremento de poder computacional, han hecho que una tool sencilla, gratis y al alcance de cualquiera como WhatsApp(mensajeria) (y varias otras) admitan que cada sms que se intercambia en una conversación se cifre mediante un par de claves generadas de forma automatica y que ni el mensaje, ni las claves utilizadas permanezcan en posesión de la compañia que gestiona la herramienta. De hecho, la compañia no tiene esos documentos porque se niega a tenerlos, porque tenerlos implicaría convertirse en el punto débil de la seguridad. De una forma práctica, la tecnología ha venido a convertirse en garante de un derecho fundamental, el de la privacidad de las comunicaciones, por encima de las restricciones que se le pretendía imponer. Desde un punto de vista puramente taxonómico, las restricciones a la privacidad de las comunicaciones pueden ser democráticamente inaceptables, como la injerencia gubernamental sistemática o la persecución del activismo, o tan aceptables (y aceptadas) como la operación judicial en el caso de delitos graves. Que la 1ª nos provoque generalmente rechazo, mientras la segunda nos genere habitualmente tranquilidad es algo totalmente secundario: desde el instante en que técnicamente resulta posible, fácil y económicamente viable brindar de transcrito extremo a extremo en una tool gratis y extensiva como WhatsApp, plantearse excepciones a la privacidad de las comunicaciones deja de tener sentido.

La cuestión, por tanto, es como explicar a millones de estudiosos del derecho que por mucho que diga una ley, un juez ya no puede exigir el camino a una comunicacion cifrada, porque fácilmente es IMPOSIBLE proporcionárselo. Porque descifrar esa comunicacion ya no es tecnológicamente posible, que ya no estamos ni en el caso de la maquina Enigma ni en el de ningun otro dentro del ámbito del transcrito clásico, porque simplemente, los tiempos han cambiado. Y que si además, llevado de un espíritu maximalista, intentase en función de esa imposibilidad impedir, restringir o prohibir el uso de esas tools en su jurisdicción, solo conseguiría que esas tools incrementasen su fama y se popularizasen mas inmediatamente al margen de todo control. Por mucho que obligases a Facebook® a interrumpir el servicio de WhatsApp, la propuesta de tools disponibles para sostener charlas cifradas de extremo a extremo, varias de ellas abiertas y descargables por cualquiera, es practicamente ilimitada.

La disponibilidad de transcrito extremo a extremo en tools al alcance de todos es, en realidad, un cambio de era. Mientras la tecnología no dé un nuevo salto, resultará inútil pedir la operación judicial de determinadas comunicaciones, porque descifrar esas comunicaciones no estará en la mano siquiera de la compañia que proporciona el canal para que se produzcan. Y como siempre ocurre en tecnología, las cosas no se pueden “desinventar”. Cuanto antes lo entendamos y lo asimilemos, preferible para todos.

 


Enrique Dans



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