La cultura corporativa como fuente de problemas

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La lista de problemas recientes de Uber ya no se limitan a – por si fuera poco – denuncias por una cultura sexista que permitía abiertamente el acoso y lo trivializaba, o al presunto robo de información confidencial de Waymo para su proyecto de automóvil autónomo.

Ahora, además, agregan el accidente en el que uno de sus vehículos en pruebas se vio implicado hoy en Tempe, Arizona, que supuestamente llega a reflejar otra lista de problemas de los que se comenzó a hablar cuando otro de sus automóviles se saltó un semáforo en rojo en San Francisco y se evidenció no solo que circulaba en modo autónomo, sino que era un dilema recurrente que había sucedido en otras 5 ocasiones.

Obviamente, Uber tiene un significativo dilema de liderazgo, ya reconocido por su fundador, Travis Kalanick. Su personalidad marcadamente agresiva ha dado lugar a una cultura corporativa en la que practicamente “vale todo”, en la que practicamente todas las normas pueden romperse cuando las circunstancias parecen exigirlo. Cuando tu compañia plantea respuestas que evidencian la obligación de adecuar el marco legislativo al nuevo entorno, y se localiza una resistente resistencia en las administraciones de distintos niveles, la agresividad y la disposición para retorcer las normas es un precio muy interesante, porque acepta que los visitantes se identifiquen con una compañia dispuesta a arriesgarse a sanciones o inclusive a que sus directivos sean arrestados para poder brindar respuestas de transporte que se perciben como lógicas y razonables. Durante suficiente tiempo, esa disposición de Uber para romper unas normas percibidas como injustas y como una herencia de otros tiempos han sido vistas como algo positivo, como la evidencia de que la compañia estaba dispuesta a litigar hasta la extenuación y a insistir incansablemente en sus propuestas. El planteamiento era que existía un rival común, un metodo de licencias que solamente interesaba a unos taxistas que pretendían mantener su monopolio contra un bien común que demandaba respuestas de transporte mas versátiles y mas variadas para así alcanzar el objetivo de desincentivar el automóvil privado. Ese rival común, esos taxis a los que Kalanick se refería como

“We’re in a political campaign, and the candidate is Uber and the opponent is an asshole named Taxi. Nobody likes him, he’s not a nice character, but he’s so woven into the political machinery and fabric that a lot of people owe him favors (…) We have to bring out the truth about how dark and dangerous and evil the taxi side is.”

(“Estamos en una campaña política, el candidato es Uber, y el oponente es un gilipollas llamado taxi. A nadie le gusta, es un protagonista desagradable, sin embargo esta tan imbricado en la maquinaria y el tejido político que mucha masa le debe favores (…) Tenemos que poner de manifiesto la verdad sobre lo oscuro, amenazador y malvado que es el taxi”)

Esa fortísima agresividad, a la hora de pelear contra lo establecido ha sido percibida durante suficiente tiempo como una característica positiva de Kalanick y de su compañía, como un elemento elemental para buscar la disrupción. Sin embargo, las alarmas empezaron a brincar cuando se evidenció que esa cultura de agresividad que permitía ignorar o romper las normas no solo se aplicaba a “los malos”, sino también a competidores: en agosto de 2014, se evidenció que una lista de los llamados brand ambassadors de la compañía, equipados con dispositivos prepago se dedicaban a pedir viajes a Lyft para cancelarlos posteriormente, también de otras acciones como tratar de reclutar a sus conductores con ofertas mas agresivas, acciones que constituían todo un plan de sabotaje organizado. Las pruebas que demostraron que Lyft había entrado en la misma dinámica de guerra sucia y que también llevaba a cabo acciones similares contra Uber no consiguieron esconder que la cultura de la compañia permitía crear unas actitudes y estrategias brutalmente agresivas. Escándalos derivados del uso de técnicas para impedir que los reguladores y autoridades pudiesen buscar la version de la compañía en las ciudades, seguimiento a periodistas mediante una “God view” de la app que permitía abiertamente invadir la privacidad de los usuarios, y finalmente, la venida de la demanda de Waymo están configurando una tormenta perfecta para una compañia en la que todo indica que existe una cada vez mas acuciante obligación de ser salvada de sí misma.

Uber es una compañia edificada sobre un prototipo sin duda agresivo: anunciar un producto, captar cuantos mas visitantes sea factible con un nivel de satisfacción alto, y permanecer la venida de una rentabilidad que tiene lugar cuando el elemento clave que presta el servicio, el conductor, es eliminado de la ecuación de coste. Cuanto antes tenga lugar ese “momento de la verdad”, esa eliminación del conductor mediante la tecnología de conducción autónoma, antes se puede comenzar a salir de unos resultados negativos de muchos decenas de millones anuales que se van cubriendo mediante las aportaciones de los inversores. Es esa carrera por sacar la tecnología de conducción autónoma ha llevado a la busqueda de atajos que cree montar un plan para que un directorio salga de Waymo cargado de información hurtada y listo para ponerla en experiencia en su nuevo destino.

El dilema esta en que la agresividad, que puede ser un precio muy atrayente a la hora de pelear contra la regulación, pasa a ser mas discutible cuando se trata de cuestiones como batallar contra competidores, un escenario en el que deberían aplicarse estándares éticos razonables, y mucho mas discutible todavía cuando se trata aplicar a la exploración y desarrollo o a los estándares de seguridad. Las pruebas son claras: inclusive con la mejoría que cree disponer ilícitamente de la tecnología de Waymo, los vehículos autónomos de Uber están muy por debajo de los de Waymo en prestaciones, y su intervención podría estar introduciendo riesgos muy probablemente inaceptables. En un amplísimo reportaje de Recode, titulado Inside Uber’s self-driving car mess, se prueba que el clima de guerra civil dentro de la compañia esta causando que los progresos sean mucho mas lentos, que los vehículos todavía precisen de la actuación del conductor cada muy poco tiempo, que los incidentes con comportamientos erráticos de los automóviles son muy comunes y, en general, que el proyecto no solo esta muy retrasado con respecto a los de otros competidores, sino que además, se lleva a cabo de una forma profundamente imprudente. El accidente de hoy, del que todavía se sabe definitivamente muy poco, podría ser una nueva prueba de ello.

Uber es una compañia valorada en torno a los 70,000 millones de dólares. Eso equivale, aproximadamente, a unos treinta y 5 camiones largos cargados de pallets de la altura de una persona y llenos de fajos de billetes de cien euros. Es mucho, muchísimo dinero. Pero ese dinero no esta en ningun sitio, sino que responde a una cuenta muy sencilla, a una proporcionalidad directa entre los fondos que aportan sus inversores y el porcentaje de propiedad que consiguen con ello. Para mantener su version deficitaria, la compañia necesita que esas aportaciones de inversores no se detengan, y le admitan llegar hasta ese instante dulce en el que en conductor es sustituido por la conducción autónoma. Si la compañia es castigada por los tribunales y eso cree un retraso de ese momento, podría tener fundamentales problemas. Si una oleada de escándalos genera un clima de mala reputación, atraer inversores le resultará mucho mas caro y difícil. No, el avance de la tecnología de conducción autónoma no parece estar en peligro a dia de hoy, y todo indica que los plazos estimados para su madurez podrían estar cumpliéndose y mejorando adecuadamente. No, no es la conducción autónoma la que tiene problemas… la que tiene problemas, y cada vez más, es Uber.

Y todo ello, por primar el exceso de agresividad, el “vale todo”, y por proyectar sobre toda la compañia ese aspecto de la personalidad de su fundador. La agresividad que fue un activo elemental para la compañia a la hora de situarse en un comercio fuertemente regulado, convertida ahora en una tremenda fuente de problemas de todos los colores. Y todo, por una cuestión de cultura corporativa.

 


Enrique Dans



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