Noticias falsas, redes sociales y censura

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En las ultimas semanas, especialmente al hilo del resultado de las recientes elecciones norteamericanas, se ha redactado suficiente sobre la cuestión de las novedades falsas, su divulgación extensiva en redes como Facebook, y la obligación de crear sistemas de control. En mi caso, dediqué mas o menos directamente al tema entradas como “Facebook en su instante de la verdad“, “El dilema de la tecnología“, “Analizando la campaña de Trump y el resultado Facebook“, “El pensamiento crítico y su desarrollo” y “La peligrosa química de la web“, varias de las cuales fueron recogidas o citadas en diversos medios.

Hoy, una columna de J. L. García Guerrero en La Información, titulada “¿Censura? ¿Quién determina si una novedad es falsa o no?“, me cita de una forma que me ha parecido que no deja totalmente clara mi postura al respecto, y que de hecho, podría llevar a pensar que abogo porque las redes sociales lleven a cabo, de forma directa o indirecta, algún tipo de censura.

No es el caso. Siempre, de forma sistemática y categórica, he estado en contra de cualquier tipo de censura entendida como tal. Mis comentarios sobre la publicación de las novedades falsas y su factible influencia en las individuos no pretendían abogar por una censura de contenidos en Facebook, sino por el desarrollo de sistemas de cualificación del contenido muy similares a los que motores de busqueda como Google® llevan años desarrollando. La censura de determinadas novedades o publicaciones por parte de Facebook® haría entre poco y nada por la salud de la web: toda acción conlleva una reacción, y si las publicaciones dedicadas al sensacionalismo y a la creación sistemática de novedades falsas fuesen censuradas, es muy factible que su fama y difusión, en lugar de resentirse, pudiese inclusive llegar a crecer a través de otros canales. Pocas cosas excitan mas la conspiranoia y el deseo de entrar a información que el hecho de censurarla.

Lo que hay que intentar, como ya comenté en un capítulo anterior, es intentar fomentar el desarrollo del pensamiento crítico, dotando a aquellos que pretendan examinar y cualificar la información que consumen de cuantas mas herramientas, mejor. Conviene leer, en ese sentido, el fantástico capítulo que Hossein Derakhshan, blogger iraní que paso 6 años en la cárcel en Teherán, publica hoy en MIT Tech Review, titulado Social media is killing discourse because it’s too much like TV: la evolución de la web, vista por una persona que sufrió un aislamiento total de la misma durante 6 años, ha sido la de suceder de ser un medio especialmente descentralizado, inspirado en el texto y en el consumo consciente, analítico y con tendencia a suministrar abundantes enlaces en los que profundizar en lo leído, a convertirse en un medio centralizado en unos pocos canales, y con abundancia de fotografias o vídeos que no facilitan información adicional, que son consumidos mucho mas como la televisión, sin oportunidad inmediata o sencilla de cualificación o verificación.

El fenómeno como tal no es parte de ningun tipo de conspiración, y puede que represente inclusive una evolución natural debida a las funciones de las sociedades humanas, que tienden a la economía de los bienes y a concentrarse en aquellas respuestas que ven mas sencillas. El paso de la simplificación al simplismo es enormemente fácil y resbaladizo, y eso es algo que hemos visto en varios medios anteriormente: la existencia y relativa fama de publicaciones sensacionalistas y tabloides en todos los formatos es buena prueba de ello. Y por supuesto, no se intenta de censurar y prohibir a la masa que lea The Sun, Bild o medios similares si desean hacerlo. Se trata, simplemente, de que sepan lo que leen.

En la web(www) de hoy, Google es apto de suprimir todos los años nada menos que mil millones de enlaces por solicitudes de titulares de derechos de autor. La tecnología para llevar a cabo ese proceso existe, y es sin duda eficiente, hasta el punto que diseñar un metodo que hiciese algo parecido con las fake news sería, si bien no trivial, no totalmente descabellado o imposible. Sin embargo, como el propio ejemplo evidencia, es bien sabido que el consumo de contenidos considerados irregulares no ha descendido por el hecho de que Google® los haya hecho marcharse de su índice, sino por la aparición de ofertas regulares – llámense Netflix, Spotify, Apple® Music o como se pretenda – de camino sencillo, relativamente barato y atractivo, que han llevado al comercio a situarlas entre sus preferencias. Hoy, un cliente que intenta consumir contenido audiovisual descargado irregularmente puede realizarlo con practicamente la misma sencillez que podía realizarlo en 2005, sin embargo tiende a dejar de hacerlo, y no porque lo amenacen con la cárcel o con la ira de los dioses, sino simplemente porque dispone de maneras mas sencillas, atractivas y convincentes de sacar ese contenido.

Del mismo modo, deberíamos pensar en sistemas que no se dediquen a suprimir las novedades falsas en modo censura, sin embargo sí que las etiqueten y las traten adecuadamente, con todos los matices que diferencian a quienes usan el humor en todas sus vertientes, a quienes recurren a la sátira o a quienes simplemente difaman o se inventan y divulgan hechos que no responden a la realidad. Si un medio o una persona se dedica a generar sistemáticamente novedades falsas, razones visualizar sus novedades etiquetadas como tal mediante sistemas que combinen lo social, el machine learning y la vigilancia humana, razones no tener acceso a los mecanismos publicitarios que funcionan como incentivo de la version (del mismo modo que impedimos el camino a la propaganda a otro tipo de contenidos considerados nocivos, como los productos milagro, la pornografía, etc.) y razones ser penalizada en los algoritmos de recomendación, para eludir el resultado “cámara de espejos” que refuerza su factible influencia. ¿Es eso censura? Obviamente, no es un metodo ecuánime que intenta a todas las novedades por igual, pero… ¿debemos realmente tratar a todas las novedades por igual?

 


Enrique Dans



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